La Leyenda del Palo del Moro

Conserva La Almunia desde remotos tiempos la tradición de este nombre y mantiene su leyenda en la memoria como los antiguos bardos las hazañas de sus héroes.

En un punto de imposible acceso en lo más alto de enorme acantilado, en lo más alto de la montaña que sombrea el angosto valle de Almadek, aparece una viga de pino, que en sentido normal a la roca donde se apoya, avanza como lanzándose al abismo y que allí puso en lejanos tiempos la mano del hombre.

No se adivina con qué objeto practicaron tan extraño como peligroso trabajo; quizá pudo ser simplemente un alarde de arrojo venciendo el peligro que tamaña empresa ofrecía y las dificultades para su colocación en tan medroso punto: quién sabe si puso ser la idea de dejar allí un recuerdo de tal manifestación a las generaciones venideras, como alarde de constancia, fuerza de voluntad y atrevimiento de aquella raza al vencer las dificultades que los trabajos de apertura del canal debieron presentar en tan difícil y agreste sitio.

Mas sea de ello lo que sea, el pueblo, cuya imaginación es inagotable para forjar leyendas de aquellos hechos que no alcanza ver claramente, forjó también la del Palo del Moro, y cuentan que así se llamaba por el hecho siguiente:

Allá por los tiempos de la invasión árabe en España, había en las huestes conquistadoras por esta comarca, un bizarro y apuesto doncel, cuya fama en las guerreras empresas corría de boca en boca; de carácter sentimental, noble y generoso con los vencidos, su fiera bravura en los combates contrastaba con el amor que profesaba a las hermosas cristianas, con preferencia a las bellas moras.

Dicen que estaba prendado locamente de una noble joven y agraciada doncella cristiana, y que con enamorada solicitud la requería de amores que ella esquivaba. Muchas veces después de los combates, se presentaba rendido de amor a ofrecerle los trofeos conquistados al enemigo, que la cristiana rechazaba con delicadas razones, que encendieron más y más cada día la amorosa pasión de aquel corazón templado al calor de las ardientes arenas del desierto.

Un día que la gentil cristiana del vencido pueblo forzosamente se veía obligada a escuchar los galanteos del vencedor soldado, le dijo con amable acento, sin más alcance que alabar su bizarría que si su esforzado brazo sería capaz de clavar su lanza en el alto acantilado del valle de Almadek.

Cierta esperanza hizo concebir al árabe la indicación de la dama. Al siguiente día contemplaban las gentes de la comarca el arma victoriosa clavada en una hendidura de la montaña, lanzando destellos su acerada punta herida por los rayos del sol que alumbraba el valle. A su pie vieron también el cuerpo inerte de aquel enamorado doncel, víctima de su temerario arrojo.

Desde entonces dieron en llamar así al angosto valle, al pie de cuyo acantilado se apoya la acequia de Michén.

Y ésta es la antigua leyenda, la triste balada del Palo del Moro.

                                                 L. Ríos